Capital Social Venezolano: Entre la apatía y la muerte

A mí me gustaría mirarlos a la cara y decirles que votar es suficiente para luchar en contra del régimen que amenaza a nuestro país. Pero eso sería mentirles, y a mí no me gusta mentir. Hace unos días, en un intento por explicar a un profesor la realidad Venezolana su respuesta fue tan simple como cierta: A pesar de no ser un experto en Latinoamérica sabía reconocer la caída inevitable de un país. La realidad es que no valía la pena perder el tiempo en detalles que no hacían falta, y es que ya todos sabemos que Venezuela está agonizando desde hace mucho tiempo. Si, sabemos que nuestro país está gobernado por la anarquía y la corrupción, y que las instituciones que fueron creadas para protegernos son las que nos están destruyendo. Sabemos que tenemos un gobierno militarizado, que las fuerzas armadas controlan la mayor parte del territorio Venezolano y que son las mismas que controlan el mercado ilegal de gasolina, drogas y demás. Sabemos que no tenemos un estado socialista sino todo lo contrario, nuestros gobernantes han descubierto el gran poder económico escondido detrás del poder político, un poder que no sólo permite el acceso a la renta petrolera, sino también el acceso a un mercado de alrededor de 30 millones de  Venezolanos que –ante escasez de proveedores y recursos– solo le compran al gran empresario Bolivariano. La realidad es que ser político en Venezuela es uno de los negocios más lucrativos que existen.

¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo es posible que el precio del dólar paralelo haya sobrepasado los 40BsF y que las plazas de Venezuela no se estén cayendo con la furia espontánea del pueblo Venezolano? ¿Por qué el pueblo no se levanta? ¿Por qué se siguen culpando a la Mesa de la Unidad Democrática y a Capriles por no aprovechar este moméntum para llamar a las calles a los ciudadanos? ¿Por qué los necesitamos a ellos para reclamar lo que por derecho es nuestro?

Parece mentira. Reinan la conformidad y el silencio, y la realidad es que Venezuela no es la excepción, sino la regla. Filósofos creadores de los sistemas políticos que nos manejan lo han dicho una y otra vez: no es usual que los ciudadanos se revelen, lo usual es que se adapten buscando conservar la vida. Adaptación que dura hasta el momento en el que la muerte sea vista como una mejor alternativa a la vida que se vive.

No creo que se llegue a ese punto en nuestra amada Venezuela.

Sin embargo, quizás la rebelión social no es la forma más lucrativa para contribuir a un verdadero cambio. Y es que hay tantos puntos intermedios entre la apatía y la muerte. El voto es uno de ellos, pero está lejos de ser el único medio (o el más eficiente) para combatir ésta pesadilla. La realidad es que la sociedad Venezolana no posee el capital social necesario para combatir el aparato del estado. La sociedad Venezolana no está movilizada, no tiene una cultura de voluntariado o participación ciudadana. A parte de salir a la calle a marchar o votar durante las elecciones ¿cuántos de nosotros hemos colaborado para organizar a nuestras comunidades, convencer a nuestros vecinos de ir a votar, apoyar o no políticas públicas o abogar por derechos comunes? La verdad es que en mi círculo social conozco a pocas personas que lo han hecho. Afortunadamente esas pocas personas que conozco son increíblemente eficientes. Pero ¿qué sucedería si, como ellos, todos nos movilizáramos? Cada barrio, cada urbanización, cada familia, cada industria… quizás haciendo más y hablando menos podamos contribuir a un verdadero cambio.

Poner nuestras esperanzas en la lucha pacífica de la Mesa de la Unidad Democrática cuya existencia es de por sí un milagro, es como esperar que un gobierno de turno resuelva todos los problemas de una sociedad. Esperar que Capriles Radonski (o cualquier otro) nos salve, es caer en el mismo error que cayeron los Chavistas al poner toda la esperanza de su revolución en un hombre. Y es que al final, es ingenuo esperar que alguien más advoque por nosotros.

La verdad es que existen infinitas formas de lucha entre la apatía y la muerte, pero las mismas requieren trabajo, tiempo y paciencia que no son remunerados con dinero. No hace falta que todos nos convirtamos en concejales o alcaldes, pero sí que asumamos la verdad inquebrantable de que –al ser ciudadanos de un estado– todos somos políticos.

Marcela C.

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