Recuerdos de una madrugada a la orilla del mundo

Que lástima que no tengamos la posibilidad de salirnos de nuestro cuerpo, de dejar al lado por un instante a nuestra mente y a nuestros sentimientos. Eso que llamaríamos: desnudarnos por completo. Sobretodo en momentos como éstos en los que no tenemos fuerzas ni ganas de pensar, ni de sentir, ni de ser, ni de estar (momentos en los que podríamos ser tanto un árbol o una flor, como un semáforo en el medio de una avenida). 

Días como hoy en los que te levantas y escuchas una canción que te revuelve el alma y te lleva a lugares en los que ya no puedes estar más… El mar Adriático se desvanece en el horizonte mientras amanece y reaparece a los pies de las luces de Trieste. En la cima de las montañas se ve la silueta de un tren que parece de juguete, pero no lo puedes escuchar; después de unos minutos se escuchan temblar los rieles de un tren que pasa, pero no lo puedes ver. La brisa testaruda que en cuestión de segundos se apodera de todo el espacio te roza la cara y despiertas. 

Sabes que en cuestión de días -y si eres lo suficientemente pesimista: en cuestión de horas- todo se va a terminar. La música es hablada y tu no entiendes muy bien lo que dice, pero igual con ella cantas. Tu solo cantas para no pensar, para sentir, para vivir un poco más. Arañas la montaña con la punta de los dedos para evitar caer por el precipicio que de todas formas ya decidió desde hace mucho tiempo dejarte caer. Tu lo sabes, pero igual cantas. Los colores del cielo no parecen reales, ninguno se distingue. No tiene ningún sentido que el rosa, el naranja, el azul y el púrpura se mezclen de esa forma en el firmamento. Tampoco tiene sentido que a través de ellos se sigan asomando las estrellas y la luna. Es como si a dios se le hubiesen caído de la mesa las acuarelas con las que pinta al mundo. En ese mismo lugar una persona querida te dijo que al sentarse allí le parecía que estaba sentado en la orilla del mundo. Tu te reiste en ese momento. Ahora te parece que tenía razón.

Te levantas, caminas al borde del mundo y te detienes para darte cuenta de que tus ojos se volvieron a encontrar con esa hermosa ciudad de escritores muertos a la orilla del mar… esa ciudad que tanto quieres ver y tanto quieres ignorar: Trieste. Te preguntas si él mintió, y en vez de estar en Venecia lo esconden las paredes de la ciudad. Sabes que de nada sirve dudar porque seguramente nunca lo vas a saber. Te gustaría estar allí para buscarlo en su casa o esperar a todos los trenes que van a llegar de Venecia hasta que lo veas caminando en dirección a ti, y luego corriendo para besarte y proponerte un escape a Marruecos sin retorno, pero sabes que es inútil. Sabes que al reloj de arena no le quedan fuerzas para volver a girar. Sabes… que por mas que quieras no lo vas a volver a ver más. 

El mar es oscuro y profundo y frío. Pocas personas en sus cinco sentidos se atreverían a nadar allí durante la madrugada. Te llena de júbilo mirarlo y saber que eres una de esas pocas personas. El mar Adriático… siempre lo relacionaste con la grandeza del océano y la pacifidad de un lago como esos fríos y sin fondo que hay en las montañas suizas. El mar no habla, el mar no grita. Susurra. Suspira. Muchas caras conocidas pasan por tu cabeza mientras cantas y te preguntas cómo vas a hacer mañana para despedirte de todas ellas. Sabías que no iba a durar para siempre, siempre lo supiste; pero nunca te imaginaste que iba a acabar tan pronto. 

Se acaba la música y sabes que es hora de volver a entrar. Te sientes tan afortunada como miserable.

Y hoy escuchas nuevamente esa canción y recuerdas hasta el olor del agua en la madrugada. Y quieres regresar, pero sabes que es imposible porque ya Duino no es el mismo. Las acuarelas con las que dios pinta al mundo se pueden caer una y otra vez, pero nunca van a volver a caer en el mismo lugar.


Marcela Colmenares

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