Aprendiendo a querer

A mi padre, por mi padre. Lo publico para que sepan los que han pasado por cosas similares que no están solos. Los seres humanos y sus emociones son más complejos de lo que parecen.

Yo todavía no sé cómo reconciliarme con el hecho de que mi padre murió sin conocerme y sin que yo lo conociera. Si, de una manera distante pasamos la vida entera juntos y yo todavía me pregunto de qué estaban hechas sus esperanzas y sus miedos ¿Tenía sueños y aspiraciones, o era una de esas personas a las que la rutina y las vicisitudes de la vida le robaron la capacidad de soñar y de buscar algún propósito más allá de alimentar a sus hijos? Cuando nos enteramos de la noticia, mi madre me dijo, entre lágrimas, que le escribiera una carta, que lo perdonara. Pero la verdad es que –a diferencia de ella con su padre– yo no sentía que tenía que perdonarlo por nada. Lo que si sentí fue mucho remordimiento. El ser un padre distante fue su decisión, pero el ser una hija ausente fue la mía. Si algo es importante es que en algún momento de la vida yo me perdone a mí misma. 

Mi papá no fue un mal hombre. Fue su personalidad la que lo hizo un poco ausente. Quizás algún sentimiento inconsciente de culpabilidad, porque al verme recordaba que había sido él que había decidido desintegrar a nuestra familia. No lo sé, pero lo que sí se es que era un buen hombre y que siempre le quise. Con la cautela de una hija un poco abandonada, que no quería que le partieran el corazón. Así es como yo aprendí a querer, sin dependencia –con la excepción de algunas personas como mi madre– y caminando de puntillas para que mi amor no despierte a nadie. Estoy segura de que a los cinco años aprendí la primera y más importante lección que he aprendido en mi vida: nada es eterno. Ni siquiera el padre que representaba la protección de la familia, el que me hacía sentir que –junto a él– nada malo iba a suceder. Un día se fue por la puerta de atrás, sin tener la delicadeza de despedirse de mí. Años después aprendí a ver en mi madre la seguridad que él se había llevado en su maleta (la vida se encargó de hacerme feminista). Yo nunca le guardé rencor ni a él ni a su familia. Su esposa siempre fue buena conmigo, la hija que tuvo con ella se parece mucho a mí en personalidad y siempre le he querido mucho. Solo recuerdo lo extraño que fue escuchar a su nueva “hijastra” decirle “papá”. Con unos celos incontrolables que me invadieron y aún más rabia por la manifestación en mí de un sentimiento tan mezquino como los celos. Ya después me enteré de que ella –tan sólo unos meses menor que yo– nunca había conocido a su verdadero padre, y entonces los celos fueron substituidos por una profunda lástima y una nostalgia inexplicable de pensar qué sería de mi vida si yo nunca hubiera sido abrazada por los brazos de mi padre. Y entonces lo amaba más, aún con cautela, por aceptar ser el padre de una niña indefensa.

El fue un padre distinto con ellas. Supuestamente un poco menos tolerante y más “mano dura”. Pero en realidad, lo que eso significa es que con ellas era un padre común y corriente. Conmigo, a pesar de sus pocas palabras y breves visitas, era sumamente dulce y permisivo. Quizás era el estereotipo del típico padre divorciado. El siempre me prometía que cuando saliera el próximo proyecto me iba a ayudar más, para que viajara y conociera el mundo, que era lo que a mí me apasionaba. Pero ese proyecto nunca llegó. O, mejor dicho, llegó demasiado tarde en una época gobernada por la corrupción de la industria petrolera y, como mi padre nunca fue ni vivo ni corrupto, nunca se benefició del mismo, sino lo contrario. Ese proyecto en el que puso sus esperanzas y su trabajo, contribuyó a acelerar enfermedad que se lo terminó llevando de este mundo.

La enfermedad de su corazón y pulmones le debilitó el cuerpo y el alma. No podía mover parte de su cuerpo y adelgazó hasta los huesos. Debe ser muy duro pasar de ser el proveedor de una familia a ser totalmente dependiente de ella. Y si ese era el verdadero propósito de su vida –proveer por su familia– entonces no perdió sólo la libre movilidad sino también el propósito que ya no se creía capaz de cumplir. Algo más que su corazón se rompió en él, y no fue su culpa. Quizás si hay que encontrar algún culpable fue la depresión y el poco conocimiento que tenemos los seres humanos del cerebro humano.

En esa época yo ya estaba en Estados Unidos estudiando. Cuando me contaron que se había enfermado me preocupé. Me pidieron que rezara por él. A mí. Y entonces fui a la capilla de la universidad que estaba vacía (sin contar a alguien que estaba tocando la canción de Harry Potter en las campanas que resonaban en todo el pueblo). Me senté en un banquito a ver los vitrales y a llorar sintiendo un vacío muy grande en el estómago. Porque allí, en la casa de dios, me sentía tan sola como en la casa mía. En ese momento en el que pude haber recobrado la fe en la divinidad, la perdí más.

En Diciembre volví a Venezuela con mi amiga Holandesa Lily, que estaba estudiando español en Argentina. Cuando vi a mi papá por primera vez, al final del pasillo, en la cocina de mis abuelos en San Cristóbal, no lo reconocía. Estaba delgado y sentado en una silla. De buen humor, contando chistes pesados y mirándome de vez en cuando. Yo no lloré en frente de él, pero si toda la noche. Lloré por que él no se lo merecía, pero especialmente porque a pesar de querer abrazarlo y hablar abiertamente de su enfermedad, no dije nada. Lloré porque la distancia que ambos habíamos construido durante tantos años no me hizo sentir la suficiente confianza como para hablarle como le hablaría a un amigo, o a un padre. A cambio de palabras hubo silencio, sonrisas forzadas y chistes pesados. Y así fue.

Su depresión a veces lo gobernaba. No quería bañarse porque “para qué si me voy a ensuciar de nuevo”, no quería asistir a terapias ni quería tomarse los medicamentos. A veces, aunque no me gustaba pensarlo, parecía que se había dado por vencido, que no quería vivir más. Yo no lo visitaba mucho, en parte porque vivía en el extranjero, y en parte por mi decisión inconsciente y errada de ser una hija ausente. Pero cuando nos veíamos se le iluminaba un poquito la cara, se bañaba y se tomaba con refunfuños las pastillas, pero se las tomaba. Yo sabía que mi presencia le daba un poco de paz, y aún así estuve más ausente que presente. Por eso siempre me voy a preguntar si haber diferido la universidad y haberme ido a pasar un par de años en su casa hubiese contribuido a salvarle la vida. Pero esa es una pregunta inútil y sin respuesta, sobretodo porque si pudiese volver en el tiempo y tomar esa decisión, yo no sé qué haría. Es una pregunta por la que me debo perdonar, porque si hubiese tomado con seriedad esa posibilidad, no me preguntaría nada.

Durante los últimos meses de su vida, cuando ya se estaba sintiendo mejor –después de varios años de lenta recuperación– tuvo una recaída física y acompañada por esa depresión que había caído como un manto negro sobre su vida. La última vez que hablé con él le costaba un poco respirar y no podía hablar mucho porque se cansaba. Le conté un poco sobre mi vida sintiendo que no tenía mucho sentido hablar de cosas que estaban tan desconectadas de su realidad. Casi como fuera un insulto. Y ahora me doy cuenta de que yo no me sentía parte de su realidad, a pesar de serlo para él.

Un día, temprano en la mañana, sonó el teléfono. Era mi tía Iris dándome la mala noticia que fue desesperada e inesperada. Quizás debí habérmelo esperado más, pero es que uno vive casi siempre en un mundo ficticio en el que todos los seres queridos son inmortales. ¿Cómo? ¿estaba solo? ¿qué pensamientos pasaron por su cabeza? Estas fueron algunas de las preguntas que me invadieron momentáneamente. Pero las preguntas más grandes, las que todavía rondan por mi cabeza son: ¿Quién era él? ¿sabía quién era yo? ¿nos conocíamos verdaderamente?

Gracias a él (y a mi madre), en este universo de imposibilidades yo fui posible. Y aunque no siento que lo conocía como él lo merecía, yo sé que me quiso incondicionalmente, a su manera. Como sabía querer. Y yo, por deberle la vida me le parezco mucho, y lo quise incondicionalmente, de la única forma que yo lo supe querer. Y muy consciente de que, más allá de cómo me quiera la gente, todavía me falta mucho por aprender a la hora de querer.

Marcela

PD: A mitad de estas reflexiones unos personajes se me acercaron para hablar. Un señor con su esposa de unos sesenta años. Al irse me entregaron una tarjeta de regalo que contenía cincuenta dólares para gastar en el restaurante en el que estaba. Si fuera más supersticiosa de lo que soy pensaría que mi padre, a través de ellos, me mandaba sus saludos.

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